No cierres la puerta, por favor

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Eran las siete de la noche cuando el sonido insistente del timbre interrumpió la cena de Mario. Afuera se encontraba una mujer de unos treinta años, vestida con cierto aire formal.

—No cierres la puerta hasta que termine de hablar, por favor —dijo en un tono que bordeaba la súplica—. Eres el amor de mi vida, sé que han pasado muchos años, pero he reencarnado para que podamos compartir todo aquello por lo que tantas veces luchamos en el pasado. Lo único que quiero decirte es que…

Mario cerró la puerta de un solo golpe. Esperó a que llamara de nuevo a la puerta, pero regresó al comedor cuando escuchó el sonido de sus tacones alejándose por la acera.

Al día siguiente, exactamente a la misma hora, el timbre volvió a sonar. Mario se dirigió a la puerta con la certeza de que se trataba de la misma mujer, imaginando para sus adentros una escena en la que le respondía airadamente a sus extrañas divagaciones.

—Déjame explicarte. No cierres la puerta, por favor. Esta no es una historia nueva, es la continuación de nuestras vidas anteriores. Quizá vives solo y sales con una chica que no te interesa. La historia siempre se repite y esta es la única oportunidad que tendremos de cambiarla.

Mario se giró hacia adentro de la casa y, sin decir una sola palabra de todas las que había imaginado antes, cerró la puerta, esta vez no de un golpe, sino dejando que la inercia de su propia confusión la llevaran poco a poco hasta el marco.

Desde entonces, todos los días se repetía la misma escena, con sutiles variaciones. Por ejemplo, el timbre ya no sonaba cuatro o cinco veces, sino que apenas era suficiente un llamado a la puerta, porque Mario ya estaba preparado para recibirla. El tiempo se hizo también cada vez más extenso. Mario escuchaba a aquella mujer dos minutos, luego cinco y luego diez, hasta que sentía que la historia lo estaba agobiando y cerraba la puerta. Cuando no podía estar en casa, le dejaba una nota en la puerta, pero cuando estaba libre pasaba siempre por el espejo para arreglarse la camisa, revisar su dentadura y peinarse el cabello.

Habían pasado dos semanas de esta rutina hasta que Mario invitó a aquella mujer adentro de la casa. Compartieron desde esa noche un café ligero en la sala, semanas después le añadieron la cena, un vino, la sutileza del tacto, la furia de un revolcón en la cama, el cansancio y la ausencia de la inevitable despedida que correspondía a cada noche.

Un par de meses después, la mujer no llamó a la puerta. Con todo, Mario estaba tranquilo porque no era la primera vez que ella se presentaba unos minutos tarde, pero los minutos se convirtieron en media hora, en una hora, en un café para dos que parecía desperdiciarse. Mario caminaba de un lado para otro en la sala, se pasaba la mano por el rostro, se asomaba por la ventana y terminó por salir a la calle para ver si la divisaba a lo lejos.

Esa noche, la mujer no apareció, ni tampoco el viernes, ni el fin de semana, ni lo que faltaba de verano, ni en la temporada de lluvias. No había teléfono al qué llamar, ni dirección a dónde ir, ni fotografías, ni respuestas. Mario aprovechaba cualquier diligencia, una fila en el banco, las paradas del metro o los centros comerciales para buscarla, pero era inútil una búsqueda así en una ciudad tan grande.

Un día cualquiera, a una hora cualquiera, Mario salió de su casa impecablemente vestido. Caminó horas enteras hasta detenerse frente a una casa cualquiera y llamó a la puerta tres veces. Le abrió una mujer como cualquier otra y con la respiración entrecortada, quizá de tanto caminar o por la angustia que ya pesaba en su cabeza, empezó:

—Por favor, no vayas a cerrarme la puerta. Deja que te explique todo.

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