La Ascención

I

No había terminado de amanecer cuando un estruendo resonó en la iglesia del pueblo, haciendo eco en cada esquina, silla, confesionario y hasta en el agua bendita, que tembló como si también se hubiera espantado.

El sacristán atravesó el pasillo que comunicaba las habitaciones con el templo, encendiendo a su paso cada luz que encontraba hasta llegar a la puerta de acceso al altar. La abrió lo suficiente como para ver con un solo ojo y asomar el brazo para encender las luces. Lo primero que vio fue el Cristo crucificado de un solo brazo. El izquierdo, causante del escándalo que levantó a los habitantes de la iglesia, estaba en el suelo partido en tres.

Se santiguó cinco veces y antes de que alcanzara el brazo del Cristo, llegó el cura seguido por dos monaguillos.

—¡Sebastián! ¿Qué fue ese ruido? ¡Ave María Purísima!

Las tres figuras se arrodillaron al tiempo y pararon junto al sacristán.

—¿Y ahora que hacemos Padre? Este pueblo se va a poner patas arriba, ni el santo Job se va a aguantar a los Jaramillo —dijo el monaguillo que parecía ser el mayor.

—Imagínese a las Marías… —dijo el otro mientras bostezaba.

—Ya veremos hijos, por ahora saquen eso de aquí y apenas termine la primera misa hablo con la diócesis para que nos envíen un escultor que lo arregle, o un Cristo prestado o algo.

Cada uno se llevó un pedazo del brazo. El sacristán tomó la mano que, además de estar pelada había perdido un dedo. Se persignó cuando lo encontró y lo besó con los ojos cerrados. El monaguillo que parecía ser el mayor cargó el antebrazo y se fue comparando el largo del Cristo con el suyo.

A las seis y media de la mañana, el sacristán hizo sonar las campanas para el primer llamado. Lo hizo tan suave, que parecían un murmullo para no despertar al pueblo, para que se le hiciera tarde ese domingo, para que no llegara a la iglesia y no viera al Cristo crucificado de un solo brazo. Con todo, antes del tercer llamado, la mitad de las bancas ya se habían ocupado.

Cada feligrés que iba entrando se santiguaba, pero a diferencia de las otras veces, todos se dirigían hasta la banca con la mirada anclada en el brazo ausente. En la primera fila de la sección izquierda se encontraban las Marías y en la de la derecha estaba la señora Belalcázar, con el espacio vacío a su lado que vendrían a ocupar los Jaramillo.

—María Antonia, ve corriendo ya para la casa de tu tía y le dices que al Cristo se le cayó el brazo. Que se vengan todos para la iglesia, así como estén. O no, mejor que se bañen, porque tampoco está bien que salgan así como así —le ordenó María Clemencia a su nieta.

Bastaron órdenes similares en los Jaramillo y los conocidos de la señora Belalcázar para que el chisme de una iglesia con un Cristo sin brazo encendiera los oídos de todo el pueblo, cosa que ni el sacristán hubiera logrado tocando las campanas en frente de cada casa. En menos de media hora ya se había llenado hasta no caberle una persignación más.

—Ni que hubiera venido el mismísimo Papa —susurró el monaguillo que parecía mayor mirando por la puerta entreabierta que daba acceso al altar-. No es por nada Padre, pero ya va casi media hora tarde.

El cura se hizo la señal de la cruz y entró sin mirar la multitud. Se inclinó frente al Cristo, se persignó con el rostro encendido, pensando en la cantaleta de las Marías, en los Jaramillo poniendo queja por escrito al Obispo y en las uñas de la señora Belalcázar, que al final de la misa lo iban a estar enjuiciando porque ya le había advertido que ese Cristo tenía que cambiarlo. Las estatuas de los santos parecían mirarlo desde arriba con compasión. Se giró hacia el pueblo y con los brazos los invitó a ponerse de pie.

—Queridos hermanos. Como lo pueden ver, esta mañana el Cristo de la iglesia ha sufrido un accidente. Hoy a primera hora vamos a llamar a la diócesis para que nos den una solución. Esto no debe menguar la fe de nuestro pueblo ni ser tomado como una mala señal. Esas cosas pasan hermanos y hermanas, así que los invito a recibir la misa con alegría y devoción intactas.

Le siguieron murmullos, cabezas negando y la indignación de dos de las tres Marías, porque María Antonia seguía con sus pies la forma de las baldosas. A pesar de que el cura se saltó medio texto de la liturgia y hablaba sin pausas, la misa se extendió hasta ocupar el horario de la siguiente porque no se quedó ni una sola persona sin comulgar. Aquellos que no podían por no estar confesados, exigieron que al menos un monaguillo o el diácono Jaramillo se encargara de la tarea, con o sin permiso de la Biblia.

El gentío fue saliendo de a pocos, con las cabezas girando para ver una vez más al Cristo sin su brazo izquierdo. Mientras se quitaba la estola, las Marías, los Jaramillo y la señora Belalcázar alcanzaron al cura.

—Buenos días Padre, qué bonito ver la iglesia así de llena, ¿no? —empezó la señora Belalcázar con una sonrisa mínima-.  Pero venga le comento una cosa Padre, hace rato le dije lo de ese Cristo…

—Sí hija, lo sé, lo sé, pero es que con lo de las limosnas es muy difícil pensar en arreglar esos detallitos del templo.

—Padre, me perdonará usted el atrevimiento, pero es que no son detallitos como usted dice —dijo mientras le tomaba el brazo y empezaba a hundirle sus uñas-. Es que ese Cristo está muy viejo y feo. De verdad da pena y, Dios me perdone, pero es que de por sí la casa del Señor está muy feíta, mire no más esos esos confesionarios sin pintar. Vea al San Agustín por allá todo escachalandrado. No, Padre, de verdad que no.

Los Jaramillo, María Clemencia y María Esperanza asintieron con la cabeza. María Antonia esta vez giraba sobre sus pies, interrumpida por el apretón de manos de su abuela. Luego los miraba atentos unos segundos y empezaba de nuevo.

—Doña Elvira tiene toda la razón —intervino María Clemencia—. Y no solo es cosa de pintar y arreglar, sino que mucha gente ha dejado de venir. Este pueblo se está per-dien-do y en lo que usted dijo a principio no estoy de acuerdo. Eso es una señal di-vi-na. ¿Cuándo se ha visto que a un Cristo se le caiga un brazo?  ¿Se acuerda usted del temblor que tumbó por allá un poco de casas en San Pedro de Iguaque? Dios nos libre, pero es que allá la gente estaba igual que acá, eso no ibana misa ni en Semana Santa, ni nada. Y mi diosito es muy misericordioso, pero uno no puede jugar con esas cosas. Este pueblo se está per-dien-do Padre y está en nuestras manos que Dios nos libre de una tragedia.

—Bueno hija, eso es una cosa que…

—Venga le digo otra cosa Padre —retomó la señora Belalcázar—. ¿Y si habla usted con el señor Alcalde o el obispado? Hace rato no se ve que hagan una donación o algo, ¿cierto? Organicen una colecta y verá. Al Señor le gusta que le tengan bien bonita su casita.

—Sí, doña Elvira, la cuestión es un poco complicada.

—Si quiere yo organizo una reunión con el Alcalde —interrumpió don Carlos Jaramillo—. No es sino que usted diga.

Entre las uñas de la señora Belalcázar, el círculo que se iba cerrando, el aire que parecía agotarse y el sudor que iba acumulándose, el cura aceptó. Antes de una semana, ya se había reunido el mismo grupo en el despacho del Alcalde, quien estuvo más de media hora evadiendo preguntas sobre promesas sin cumplir, carraspeando antes de cada respuesta, ajustándose el cuello de la camisa y pidiendo más agua hasta que aceptó realizar una “contribución voluntaria al templo de Dios en redunda de prosperidad, misericordia y dádivas para el pueblo”.

Como parte del acuerdo, la Alcaldía municipal en conjunto con la diócesis ordenó la compra de un Cristo con aureola dorada, hecho en bronce, traído desde Italia con la bendición del Vaticano y con finos hilos de sangre, porque «no está bien eso de hacerlo tan sufrido», según dijo la señora Belalcázar.

 

II

El día de la instalación del nuevo Cristo se realizó una procesión desde las cinco de la tarde, iniciando en la entrada del pueblo, pasando por las calles principales hasta llegar a la carretera y regresando hasta la plaza principal. A la cabeza iban el señor Obispo, el cura del pueblo y el alcalde con su familia. Seis monaguillos, de los cuales cuatro eran prestados por la diócesis cargaban el nuevo Cristo, hecho en bronce, con aureola dorada, importado desde Italia y con ligeros hilos de sangre. Detrás de ellos iba el sacristán con el incienso y la comitiva del Obispo.

Apenas dos pasos atrás, estaba la señora Belalcázar, ataviada de negro con un vestido que había reservado para ocasiones eclesiásticas especiales y que a la fecha solo había usado en esa procesión y el día en que se tenía prevista la visita del Papa antes de ir a la ciudad, aunque nunca se supo el origen del rumor, ni por qué el pueblo entero se quedó todo el día a la orilla de la carretera esperando un auto blanco con ventanas gigantes.

Acompañando a la señora Belalcázar estaban las tres Marías, todas de azul celeste, como era tradición en celebraciones como la Virgen del Carmen y el día del santo de cada una. María Antonia y su abuela estaba María Esperanza, de la que nunca se supo si era alcahueta, muda o indiferente, pero que en todo caso le permitió jugar una rayuela imaginaria por todo el pueblo mientras los demás iban inmersos en los pasos cortos, las oraciones largas, los cantos, los misterios gloriosos y el olor a incienso. Unas diez familias atrás, trataban de abrirse paso los Jaramillo, retrasados porque en las dos únicas peluquerías del pueblo no había turno y solo hasta la tres atendieron a la esposa de don Carlos. Cuando la procesión pasó por ambas peluquerías, clientes y estilistas dejaron todo a medio terminar y se unieron al final.

Sobre las 8 de la noche, el nuevo Cristo hizo su triunfal entrada en la iglesia del pueblo. El altar estaba decorado con gigantescos pendones en color púrpura que descendían desde el techo y a los cuales iban enlazados retazos adicionales que decoraban las columnas, las estaciones del viacrucis y los confesionarios hasta terminar en la puerta principal. Cada estatua, santo o cuadro, tenía a su vez uno o dos pendones pequeños, confeccionados y cortados por la señora Belalcázar y dos de las tres Marías, porque María Antonia usaba cada retazo que encontraba para envolverse completa hasta ver solo púrpura, rodera su cintura como a manera de falda o colocar un mantel para su kit de cocina de marca gringa “made in China”.

Además de los pendones, en cada columna del templo se instalaron dos velones, idea del señor Alcalde, quien argumentó razones de tipo estético, porque si bien el dinero asignado por la gobernación ordenaba la compra de bombillas nuevas, de alta duración y traídas desde Alemania, los cirios eran más elegantes y se podía ahorrar para otras necesidades municipales. Se entregaron también cirios medianos a cada persona en la entrada y, para evitar que las continuas ráfagas de viento siguieran apagando los cirios de los que estaban cerca a la salida y los velones de las columnas, el cura ordenó cerrar la puerta principal.

A diferencia del Cristo pelado, con gruesos hilos de sangre y sin brazo izquierdo, para el nuevo se adecuó una base más alta, rodeada de seis velones gigantes y fabricada por don Augusto el ornamentador, quien supervisó su instalación y duró casi media hora tratando de menguar el uso de expresiones propias de su oficio como “Marica, más a la izquierda” y “Téngalo ahí güevon”, ante la mirada atónita de los presentes y los ojos como uñas de la señora Belalcázar.

—Ahí le dejo curita —dijo mientras se limpiaba las manos con un trapo.

No anduvo más de dos pasos rumbo a la salida cuando se dio cuenta de que era imposible atravesar el mar de gente hasta la salida. Se recostó sobre una de las columnas y cruzado de brazos, empezó a cabecear apenas empezó la misa.

Para el momento de la comunión, el Obispo organizó cinco filas, una precedida por él, otra por el cura del pueblo y las otras tres por los monaguillos asignadas por turno en un papel. Del mismo modo, durante la semana anterior se asignaron citas para confesar al pueblo para evitar tumultos y desmanes. A pesar de la logística impartida por la comitiva del Opisbo, la comunión se hizo tan larga que los hijos de don Carlos Jaramillo, esta vez a cargo de los cánticos, tuvieron que empezar de nuevo con el repertorio. No hubo una sola persona que no comulgara en la misa del nuevo Cristo, con aureola dorada, “fatto in Italia”.

Después de comulgar, María Clemencia y María Esperanza rezaban de rodillas, mientras María Antonia esperaba sentada moviendo las piernas sin pausa y con la mirada anclada en los pendones púrpura que decoraban el altar mayor. Miró a las dos Marías y se fue directo hacia esos retazos de tela gigantes, más grandes que el mantel que había utilizado para el kit de cocina gringa “made in China”, más grandes la falda que se quería poner y tan grandes que pensó que podría enrollarse a sí misma cientos de veces hasta alcanzar el techo. Tomó el borde del pendón izquierdo y empezó a girar y girar, sin soltar el cirio, hasta que no veía nada más que púrpura y no se detuvo ni siquiera cuando sintió que los brazos le ardían, ni cuando las voces de los hijos de don Carlos Jaramillo fueron reemplazadas por gritos, ni cuando los ecos de la iglesia multiplicaron la angustia y la desesperación de todo un pueblo.

La línea de fuego subió imparable por todo el pendón y contagió a su igual en la derecha, a los que estaban distribuidos en las columnas, en los confesionarios y en los santos. Los primeros en intentar salir sucumbieron ante los empujones de los que venían desde atrás, acumulándose unos con otros, dejando caer los cirios encendidos, rozando al vecino con el cirio encendido y tratando de huir del vecino encendido bajo la mirada compasiva y recién pintada de los santos.

El incendio y los lamentos alcanzaron los brazos de bronce del nuevo Cristo, que poco a poco fue desprendiéndose de la cruz y se descolgó sobre el pueblo en llamas, sobre las Marías, sobre los Jaramillo, sobre las uñas de la señora Belalcázar, sobre el cura y sus monaguillos, para terminar fundiéndose en un solo grito y una sola nube de humo y ceniza que esa noche ascendió al cielo.

 

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