La Sociedad Kitsch

“Tenemos, así, una situación singular: una cultura de masas en cuyo ámbito un proletariado consume modelos culturales burgueses creyéndolos una expresión autónoma propia”

Umberto Eco (Apocalípticos e Integrados)

Usualmente el término kitsch se utiliza en los ensayos y críticas de arte para referirse a las producciones pretenciosas, copiadas o de mal gusto. Y aunque de aquí se desprenden infinitas de alusiones al cine, la literatura, la fotografía y citar otras tantas a Umberto Eco, Kundera y Adorno, esta vez la mira está sobre la sociedad como una producción kitsch en sí misma.

De la farándula al perfil en Facebook

Una de las grandes ventajas de las redes sociales es que han permitido conectar a muchas celebridades y artistas con sus seguidores, e incluso con sus detractores. Más allá de los fanatismos, el espectador se comienza a convertir en un objeto, una producción, un reflejo kitsch  de la estrella que venera a la distancia.

Las celebridades se toman fotografías posando de una u otra manera, adquieren un vestido o lanzan su opinión abiertamente sobre un tema que es tendencia. El público no solo responde con likes y comentarios, sino que además comienza a imitar esos comportamientos. Las fotos de perfil de los usuarios duplican las mismas poses y gestos compran prendas similares y hasta la misma forma de ver el mundo entre los fanáticos.

El Esnobismo

Este es quizá el emblema de lo kitsch en la sociedad más joven. Estamos rodeados de jóvenes que imitan comportamientos y actitudes de los artistas que admiran, pero que también replican aquello que consideran más elevado, en particular valores y costumbres norteamericanas.

Es aquí donde aparecen anglicismos absolutamente innecesarios. Es cierto que en ciertos terrenos predominan ciertas palabras sin un equivalente exacto en español, pero el esnobista va más lejos y comienza a insertar anglicismos porque “suenan más play”.

Ahora bien, podría decirse que esto aplica para el gomelo (o aspirante a serlo), pero si miramos otras esferas nos daremos cuenta de que su contrapartida social también hace lo mismo. ¿Vestirse ancho como los raperos americanos? Bueno, pues obtiene usted un “ñero”, acompañado de la automática tendencia a esconder y vigilar los bienes de valor.

Política importada

“Esto no es Dinamarca, es Cundinamarca”. El popular chiste sirve como una metáfora ideal para entender la dinámica de la implementación de ideologías, políticas, programas y movimientos políticos de otros países.

Pongamos por ejemplo la Revolución Cubana enmarcada en el comunismo, la independencia, el discurso antiimperialista, la justicia social y la  igualdad de clases. Un discurso acompañado de las armas y la toma del poder por la fuerza que termino siendo un referente para decenas de movimientos revolucionarios en latinoamérica, que en su versión kitsch fracasaron no solo a nivel político, sino que además recibieron la condena social.

Lo mismo sucede cuando se intentan replicar políticas extranjeras, sin importar que sean americanas, europeas o asiáticas. Nuestra cultura, la corrupción de todos los niveles de la sociedad (el ciudadano de a pie también peca) y la natural resistencia al cambio impiden que esos programas lleguen a buen término. ¿Educación superior que sea gratuita? ¡Por supuesto! Pero apenas llegamos a “Ser Pilo Paga” un programa kitsch que tiene muy buenas intenciones de fondo, pero que falla en la forma.

Acá vale la pena hacer una acotación muy importante. Una persona con un perfil de Facebook kitsch, o incluso la sumatoria de todas ellas, no tienen un impacto relevante en la sociedad. Sin embargo, el kitsch de tipo político puede llegar a ser verdaderamente trascendental, desde las muertes por las masacres gestadas por las guerrilleras revolucionarias, hasta las crisis económicas por fallos en la implementación de políticas de Estado.

El pseudointelectual

Si usted busca una reseña sobre un libro o una película nominada al Oscar, tal vez encuentre en los primeros resultados páginas con una gran reputación, pero al mismo tiempo puede dar con un personaje que ha creado un blog y que colgó su opinión personal, con tan buena suerte que su texto ha coincidido con las palabras clave del algoritmo de Google y está entre los primeros lugares.

Esto le ha abierto la puerta al pseudointelectual, ese personaje que imita al cinéfilo y literato, pero que falla en la construcción de su discurso. Un cinéfilo kitsch ve muchas películas y guarda un buen registro de los nombres de directores, actores y otros datos, pero rara vez llega a deconstruir escenas, personajes, dirección de arte, o al menos identificar patrones en la producción. No es requisito tener una maestría en cine y televisión, o pasar por mil talleres de escritura creativa, es cuestión de apreciar el arte, disfrutarlo y analizarlo con el tiempo que se merece antes de lanzar juicios pretenciosos.

Junto al esnobista, el fanático y el militante político, el pseudointelctual no deja de ser otra parte de la sociedad que copia y pegar comportamientos, contenidos, discursos y opiniones, muchas veces con la simple intención de ganarse la aprobación del otro. Casi podría decirse que este fenómeno narcisista viene siendo el kitsch de la famosa tragedia griega.

 

Publicado originalmente en la Revista Cronopio – Edición 70

*Imagen: Pixabay

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