Inflación Palabraria

“El problema de la inflación monetaria en América Latina es muy grave, pero la inflación palabraria es tan grave como la monetaria o peor; hay un exceso de circulante atroz”.
Eduardo Galeano

Vivimos en una época donde todo el mundo escribe, publica, opina, critica y señala. Así lo han facilitado internet y sus hijas las redes sociales. Sobra alegrarse por la existencia de ese megáfono virtual que lleva la opinión de un ciudadano indignado de un lado a otro, pero tratándose de literatura, la cantidad de libros que se publican hoy en día está comprometiendo lo más sagrado: la calidad.

De la cultura de élite a la democracia cultural

Hace tan solo algunas décadas el aspirante a escritor tenía que sufrir una cantidad interminable de rechazos antes de que una editorial llegase a publicarlo, para finalmente rendirse ante un miserable contrato que le permitía acceder a un porcentaje de las ventas.

Sin embargo, esta función de la editorial permitía filtrar el contenido que veía la luz, o en otras palabras, en aquellos días no había inflación palabraria: se publicaban menos libros, pero eran sumamente valiosos. Los clásicos y las joyas de la literatura que han cruzado siglos enteros se los debemos, irónicamente, a esa élite que impedía la publicación de cualquier obra. El talento era clave y además costoso, porque las editoriales asumían un riesgo enorme en cada lanzamiento.

Internet lo cambió todo. Por un lado, le permitió a las masas acceder a las producciones artísticas (democratización cultural), pero también les dio el derecho y los medios para publicar sus propias obras (democracia cultural). También le dio un respiro a las editoriales, porque los escritores o youtubers más populares son un sinónimo de rentabilidad sin riesgo alguno. ¿Y la calidad? “Vamos, que si no lo publica mi editorial, el dinero se lo gana otra, no hay tiempo que perder”.

El escritor novel tampoco pierde: “¿No hay una editorial que se fije en mi novela? Sin penas, porque me creo una cuenta en Amazon y me autopublico”. Así de simple. Esto es fascinante porque le abre las puertas a los escritores chicos, pero también aumenta la inflación palabraria: hay tantos libros circulantes, que en su mayoría no tienen ningún valor.

¿Y qué hace que una obra se más o menos valiosa? Una sola palabra: trascendencia. No se trata de ganar un Premio Nobel de Literatura y para la muestra 6 botones hechos de puro diamante: Franz Kafka, León Tolstói, James Joyce, Marcel Proust, Mark Twain, Jorge Luis Borges, además de los que quieran incluir en el debate a Nabokov, Cortázar o Arthur Miller.

En ese sentido hay un halo de esperanza y es creer que los libros más vendidos de esta década no llegarán a ser recomendados en las escuelas, o mejor aún, quizá ni lleguen a ser recordados en algunos años. Por eso no debe preocupar si un youtuber nada en dinero con un libro, ni los adolescentes que compran sus atolondradas palabrerías, el tiempo y la polilla habrán de purgarlos.

Un réquiem

Ahora bien, el debate no es qué se debe leer y qué no. A mi vecino de al lado le gusta leer a Dostoiveski y el otro va por el quinto consecutivo de Walter Riso, qué puedo hacer. La cantaleta sobre la cultura light sobra porque cada cual usa su libertad para leer lo que se le antoje, o incluso elegir no hacerlo para dedicarse a ver un programa de chismes.

Podemos desgastarnos toda la vida señalando y criticando el consumo de autoayuda, debatiendo el ránking de los más vendidos o ver a los críticos rasgándose las vestiduras porque un youtuber está en la Feria del Libro. Insisto: es cuestión de trascendencia.

Lo que sí es doloroso es tener que hacer un réquiem por los grandes escritores de nuestros días que jamás vamos a leer, porque hoy no tienen suficientes likes.

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