Juntos

Billy descendió del autobús escolar y atravesó el jardín hasta llegar a la puerta de la casa. Se detuvo un instante. Desde afuera se escuchaban las voces de sus padres, entre gritos y recriminaciones. Abrió la puerta con sigilo y la casa quedó en silencio. Desde el comedor de la cocina, lo miraban.

—Hola, cariño, ¿cómo estuvo la escuela? ¿Bien? —preguntó Elaine mientras se acercaba. Sus ojos estaban hinchados y enrojecidos.

Billy asintió con la cabeza. Desde el fondo, su padre lo saludó apenas levantando la mano, luego agachó el rostro y fijó su vista en los documentos que tenía en la mesa.

—¡Dios, estás sudando! Ven y te preparo un refresco… —dijo Elaine al pasar sus dedos por el cabello del niño.

Se acercó al refrigerador con un vaso. Los hielos campanearon contra el cristal y luego lo llenó con un batido. Billy tomó el vaso y empezó a beberlo sin parar. Hizo una pausa, jadeó un poco y continuó. Sus padres lo miraban en silencio. Billy dejó caer el vaso de sus manos.

—¡Billy! ¡Dios mío, Harold! ¡Se está ahogando!

El niño se llevó sus manos al cuello, retrocedió algunos pasos y cayó de espaldas al suelo. Su padre lo levantó por la espalda y comenzó a presionar su vientre. El rostro de Billy enrojeció con intensidad, mientras Harold hacía presión una y otra vez. Un cubo de hielo salió volando de la boca del niño y se destrozó al impactar la pared. Billy dejó escapar un agónico quejido y empezó a toser.

—¿Todo está bien, campeón?

Billy asintió y se levantó aferrado al brazo de su padre.

—¡Dios mío! ¡Pensé que lo perdíamos! —Elaine sollozaba con el rostro sobre el pecho de su esposo—. ¡El niño, Harold, no, no, no!

—Está bien, solo fue un susto.

Billy permaneció varios segundos mirando a sus padres abrazados. Luego giró su rostro hacia el vaso roto, el batido derramado y los cubitos de hielo. Volvió la mirada hacia sus padres y rompió en llanto.

—Ven acá campeón, no pasó nada. Ven…

Harold apoyó su mano sobre el niño y los tres se abrazaron.

Días después, la familia recibió la visita de dos hombres con portafolios. Se sentaron en el comedor de la cocina, cada uno al lado de los padres y leyeron varios documentos. Harold y Elaine elevaron su voz, se interrumpían entre sí y sus rostros se encendían. Él le daba golpes a la mesa, ella manoteaba en el aire.

Recostado contra la pared contigua a la cocina, estaba Billy. Cuando escuchó que todos se levantaron, se asomó arrastrando los pies. Todos lo observaban en silencio. Corrió hasta el refrigerador y presionó el botón del dispensador de hielo. Los cubos se dispersaron por el piso de la cocina.

—¡Billy, cariño! ¿Qué haces?

El niño se agachó y tomó un cubo de hielo entre sus dedos. Miró a sus padres, lo introdujo en su boca y echó la cabeza hacia atrás.

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