Memento mori

Después de varios minutos buscando por toda la cocina, el anciano encontró la llave en la mesa, detrás del servilletero. Había dejado notas adhesivas en los lugares de la casa en los que más pasaba tiempo y justo sobre la llave encontró una con hora y lugar subrayados. Con el transcurrir de las semanas comenzaba a olvidar las fechas, teléfonos y compromisos, e incluso algunos elementos de su rutina diaria.

Aquel día salió con dirección al consultorio del nuevo neurólogo que estaba a tan solo unas cuantas calles de su casa. El anterior especialista se encontraba al otro lado de la ciudad y en más de una ocasión el anciano se subió al bus, pero no supo dónde bajarse, ni en qué ruta iba, ni por qué se había enfrascado en una conversación con la mujer de al lado.

El neurólogo lo esperaba con los resultados de las últimas pruebas. Le hizo las mismas preguntas de la sesión anterior, pero el anciano respondió sin inmutarse. Le prescribió  la misma serie de medicamentos y le entregó la receta:

—¿Y dónde los compro doctor?
—En la misma farmacia, si prefiere.

El anciano volvió a mirar el papel.

—¿Tampoco lo recuerda, cierto? Ni el nombre de la persona que le está ayudando en casa, ni sus citas…
—No.
—Verá don Miguel, su condición está empeorando. Le sugiero por su propio bien que venga a estos controles con su ayudante. Se lo anotaré también en la receta para que no lo olvide.

El rostro del anciano se arrugó y agachó la cabeza. Se despidió del neurólogo y sacó algunas notas de su bolsillo con un par de compras para hacer antes de regresar a casa.

Al cabo de unos meses dejó de asistir a los controles y se limitaba a seguir las anotaciones de la libreta con las actividades del día, horarios y comidas. Todos los lunes lo visitaba Guillermo, su hijo, quien le daba un pequeño fajo de billetes a una ayudante, que un día dejó de tener nombre, luego rostro y después era solo alguien que aparecía y desaparecía con su comida.

Después dejó de existir el tiempo. De vez en cuando miraba el calendario marcado con una equis en cada día, pero luego no supo si la marca correspondía al día actual o al anterior, por lo que tuvo que dejar una nota adicional, no fuera a quedarse atrapado en la rutina del mismo día.

Luego se encontró a sí mismo buscando palabras que significaran esto o aquello. Tardaba algunos instantes (o quizá horas) para recordar el significado de ciertas palabras que decían en televisión, en el supermercado o la ayudante. Apuntó en una sección especial de la agenda los significados más importantes y firmaba con frecuencia sus datos personales para tenerlos siempre presentes.

Un día, sin embargo, además de olvidar firmar con sus datos, no supo cuántos años tenía. Se asomó al espejo del lavabo y el reflejo le devolvió la imagen de un hombre con facciones arrugadas, de ojos cansados, delgado y encorvado. Su rostro se arrugó con asco y empezó a llorar, cubriendo sus ojos de su propio espanto. Pasaron algunos minutos (o tal vez horas, porque no cayó en cuenta de mirar el reloj cuando inició el llanto), y abrió el gabinete de un solo golpe. Vació el contenido de varios frascos y los metió en un envase transparente. Sobre un papel adhesivo escribió “Para morir”. Como precaución adicional, programó en su agenda el día y la hora del evento con las instrucciones para hacerlo. Faltaban apenas unos meses.

Las marcas seguían apareciendo en el calendario, mientras que en su mente desaparecían las palabras y los nombres de los objetos. En algún lugar de la casa había una caja que respondía a un botón y emitía imágenes, sonidos y personas. De repente encontraba granos de colores en una superficie blanca y una persona que se los llevaba a la boca. Había olores agradables, hedores, manchas, punzadas en su cuerpo, cada uno más irreconocible que el anterior.

Un día encontró una marca especial en el calendario, acompañada de instrucciones largas en una hoja y un frasco. Ingirió todo su contenido con agua y rompió el papel como lo indicaba la última instrucción. Cerró los ojos y todo se volvió oscuro. Los abrió de nuevo y se encontró sentado en su casa, con un vaso sin contenido en una mesa y un papel hecho pedazos a sus pies. Se levantó y se asomó por la ventana. Ese día había olvidado qué significaba “morir”.

  • Relato publicado originalmente en Literautas como reto del mes de Junio.
Anuncios

2 thoughts on “Memento mori

  1. Exelente relato. Talvés lograrás más profundidad si estudias los tipos de amnesia: anterógrada, retrógrada, etc. El caso del personaje es una variedad que se denomina global. Así lograras más tensión y profundidad en tus relatos.

    Le gusta a 1 persona

    1. Hola Luis Rafael,

      En parte es cierto que el relato carece de esa precisión científica, pero por otro lado quería también dejarlo lo suficientemente abierto como para que el final (de corte realista-mágico) no contrastara demasiado. Por otro lado, el texto lo escribí originalmente con un límite de 700 palabras por los requisitos de Literautas, lo que en parte explica la ausencia de detalles.

      ¡Gracias por tu comentario!

      Me gusta

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s