Comunicado Oficial

La humedad de la selva comenzaba a instalarse entre los poros del guerrillero Salazar. A medida que se acercaban al campamento de las Fuerzas Oficiales, su frente y mejillas se empapaban de sudor, las manos le temblaban cada vez más y  en medio del silencio los latidos de su corazón se hacían más audibles, e incluso cualquiera con algo de atención habría notado el tempo que marcaban en su garganta.

Tras varios días de recorrido, finalmente habían llegado al lugar marcado para emboscar a al campamento de las Fuerzas Oficiales. El comandante del Movimiento Libertario Bolivariano marcó la pausa con sus manos y miró a los dos guerrilleros encargados de comenzar el ataque. Un leve asentimiento de su cabeza fue suficiente para que estos dieran tres grandes zancadas al frente y lanzaran dos granadas de fragmentación.

En cuestión de segundos las Fuerzas Oficiales se dispersaron, aun aturdidos por la confusión, pero extraordinariamente conscientes de la posición del enemigo. Las balas de los fusiles iban y venían dejando huellas en el aire, atravesando las hojas y las ramas, huyendo ellas mismas de toda la confusión y buscando refugio en algún cuerpo o el tronco de un árbol.

Salazar oía atento, escondido detrás de un árbol de grosor suficiente para cubrir su menudo cuerpo. Apenas osaba asomarse para disparar con los ojos cerrados y se escondía tan rápido como los proyectiles que salían de su fusil. Repitió la operación en seis ocasiones, de las que fueron víctimas dos paredes de cemento, una mesa, una hoja seca y las otras dos se perdieron de vista en el horizonte.

Tras varios minutos de combate, los oficiales abatieron la emboscada que venía del flanco izquierdo, equilibrando el ataque y permitiéndoles recuperar una gran parte del terreno. La emboscada había fracasado. Cuando Salazar abrió los ojos, se encontró frente a un sargento enemigo que le venía apuntando desde hacía varios metros. No tuvo tiempo de lanzar ni un chillido cuando el suboficial recibió siete impactos del arma del comandante y cayó sobre sus espaldas. Los insurgentes que tenían esta escena a sus espaldas huyeron despavoridos, más por la conmoción que por la orden del comandante que anunciaba la retirada.

En una perfecta imitación de coraje, Salazar se levantó y caminó sigilosamente hacia el suboficial caído. Este lo miró con la respiración entrecortada, aunando esfuerzos para mantenerse con vida. Salazar apuntó su fusil, animado con la idea de conseguir una baja en su primer combate. Recorrió con la mirilla la pierna, el estómago, el pecho, bordeó el resto de las heridas y se detuvo en la frente. El sargento lo seguía mirando fijamente.

Respiró hondo para contener la ansiedad, la estancia en el colegio de monjes, la culpa, la religión, la revolución, la vergüenza de volver al campamento sin una sola baja. En ese momento, una bala atravesó su hombro izquierdo y mientras caía, otra le perforó un pulmón.

– Camarada, asegúrese de que el comunicado oficial diga que murió heroicamente por la revolución – dijo el comandante del MLB.

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